Entrevista · Marlon Francisco Orellana López

Entrevista · Marlon Francisco Orellana López

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PRESENTACIÓN

Marlon Francisco Orellana López es ingeniero en sistemas, colegiado desde 2006, con alrededor de veinte años de docencia en la Facultad de Ingeniería. Coordina el Área de Software, participa en la Escuela de Posgrados y ha desarrollado su carrera privada en analítica de datos, administración de proyectos tecnológicos y automatización de procesos.

ANTES DE LA IA GENERATIVA

Antes de esta revolución de inteligencia artificial y agentes, ¿cómo era la automatización y qué procesos repetitivos dependían completamente de una persona?

Al mirar hacia los años noventa, Orellana recuerda una transición progresiva. Muchas tareas que antes vivían en papel comenzaron a digitalizarse: reportes tabulados, registros, cálculos y gráficos pasaron a apoyarse en computadoras y hojas de cálculo. Eso redujo imprecisiones y permitió manejar más información, pero la intervención humana seguía siendo fuerte. Durante años la automatización fue, en realidad, semiautomatización: la máquina ayudaba, pero una persona continuaba ejecutando, verificando o trasladando buena parte del trabajo.

El salto llegó con la estandarización de datos y procesos, el uso de la nube, la seguridad y el crecimiento del volumen de información. Con millones de registros y tiempos de respuesta más exigentes, automatizar dejó de ser comodidad y pasó a ser una necesidad para reducir costos, errores y tiempo. Allí aparecen procesos donde la intervención humana puede ser mínima, siempre que el riesgo sea bajo y el resultado pueda supervisarse.

TRANSICIÓN

Usted ubica alrededor de 2015 un cambio importante. ¿Qué impulsó ese salto hacia una automatización mucho más agresiva?

Para Orellana, el cambio no fue únicamente tecnológico. También fue económico y cultural: las organizaciones comenzaron a necesitar decisiones más rápidas y las personas empezaron a valorar de otra manera su tiempo. Si una actividad puede repetirse automáticamente, dedicar horas humanas a ejecutarla una y otra vez deja de ser una justificación suficiente del trabajo.

El objetivo pasa entonces de operar a decidir. Una persona puede dejar que el sistema procese lo repetitivo y utilizar ese tiempo para revisar resultados, detectar excepciones y tomar decisiones estratégicas. Esa presión coincide con un cambio generacional y con una economía cada vez más veloz. Automatizar, en ese contexto, significa liberar capacidad humana para tareas de mayor valor.

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CRITERIO Cuando identifica un proceso repetitivo, ¿cómo decide si realmente vale la pena automatizarlo o si debería mantenerse con intervención humana?

La primera distinción debe hacerse entre ejecución y decisión. Una actividad operativa, estandarizada, repetitiva y susceptible a errores humanos es una buena candidata para automatización, especialmente si consume tiempo, incrementa costos o retrasa otras decisiones. Pero automatizar la ejecución no significa automatizar el criterio.

Orellana insiste en que el filtro humano no debería desaparecer. Un sistema puede procesar información con enorme rapidez y entregar un resultado, pero alguien debe revisar si ese resultado tiene sentido dentro del contexto de la organización. Mientras más difícil sea revertir una acción o mayor sea su impacto, más importante se vuelve conservar una instancia humana de revisión.

RESPONSABILIDAD ¿Qué decisiones sí pueden quedar completamente en manos de una automatización y cuáles deberían seguir siendo humanas?

Su respuesta establece una frontera basada en riesgo. Las decisiones sin intervención humana deberían limitarse a escenarios de bajo impacto, donde un error sea pequeño, controlable, reversible y no comprometa vidas, patrimonio, reputación ni variables críticas. Allí la autonomía puede ser razonable porque la falla es aceptable y manejable.

La situación cambia cuando hay consecuencias económicas importantes, efectos sobre personas o reputación institucional. En esos casos la decisión debe permanecer en manos humanas. Orellana pone como ejemplo una llamada de emergencia: una máquina puede clasificar palabras y señales, pero comprender plenamente violencia, accidente o peligro exige una riqueza contextual que todavía vuelve indispensable al ser humano.

Automatizar tiene sentido cuando desplaza esfuerzo operativo hacia trabajo estratégico. El reto ya no es demostrar que una máquina puede ejecutar una tarea, sino definir qué puede hacer, hasta dónde puede llegar y cuándo debe devolver la decisión a una persona.

CRITERIO ¿Qué cambia cuando una automatización deja de seguir reglas predefinidas y comienza a interpretar información o decidir qué acción ejecutar?

Allí aparece uno de los riesgos centrales de los agentes actuales. En una automatización tradicional se busca un comportamiento determinístico: dadas ciertas condiciones, el sistema debe llegar a un final conocido y aceptable. Cuando un agente explora caminos, interpreta información y elige acciones por sí mismo, deja de ser evidente qué peso asignará a cada variable y qué considerará un acierto o un desacierto.

La respuesta de Orellana es establecer límites. Un agente necesita fronteras claras, tolerancias y condiciones que acoten su comportamiento. Si permanece dentro de esos límites, la autonomía puede ser útil; si se le deja el camino completamente abierto, el equipo pierde capacidad de predecir las consecuencias.

RESPONSABILIDAD Si un agente o una IA comete un error, ¿el sesgo pertenece a la creación o al creador que definió sus límites?

Orellana sitúa la responsabilidad en quien diseña y permite el margen de acción. Si el creador estableció límites, tolerancias y condiciones de error, también definió hasta dónde podía desviarse el sistema. Cuando un agente actúa dentro de un rango autorizado, la responsabilidad no puede trasladarse simplemente a la herramienta: ese comportamiento fue posible porque alguien lo permitió.

El riesgo aumenta cuando se entrega autonomía sin fronteras suficientes. Un sistema abierto puede producir resultados impredecibles o utilizarse incluso con fines destructivos. Los límites, por tanto, no son una restricción accidental: son parte esencial de la ingeniería. Automatizar puede significar delegar ejecución; no significa delegar responsabilidad.

CIERRE
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