Editorial
Ya no se trata de decidir si usaremos inteligencia artificial, sino de entender qué valor aportamos cuando la herramienta puede hacer parte del trabajo.
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa lejana. Hoy redacta, resume, programa, clasifica, diseña, recomienda, traduce y analiza a una velocidad que hace pocos años habría parecido improbable. Está en las aulas, en los proyectos de los estudiantes y en la práctica diaria de los docentes. Se utiliza porque funciona: acelera tareas y, bien empleada, amplía lo que una persona o un equipo puede lograr.
Una escuela de ingeniería no puede quedarse en el asombro; su tarea comienza después. Cuando una herramienta genera código, propone arquitecturas, sintetiza documentos o explora millones de registros en segundos, es necesario preguntarse con honestidad qué significa hoy formar a un ingeniero. Su valor ya no puede medirse solo por la velocidad con la que ejecuta una tarea.
El papel del profesional se desplaza hacia lo que la herramienta no puede asumir por él: plantear el problema correcto, entender el contexto, definir restricciones, distinguir una respuesta plausible de una respuesta válida, proteger a las personas afectadas por cada decisión y responder por las consecuencias de lo que construye. La inteligencia artificial puede proponer, pero el criterio sigue siendo humano. Puede optimizar, pero alguien debe decidir qué merece optimizarse. Puede generar una solución, pero alguien debe juzgar si esa solución debía existir, y si debía existir de esa manera.
Ese criterio no se descarga ni se automatiza: se forma. Y formarlo es, hoy más que nunca, la razón de ser de la escuela.
Por eso, esta Edición XXIX no presenta a la inteligencia artificial como un genio omnisciente ni como una amenaza inevitable, sino como lo que es: una herramienta extraordinariamente poderosa. Y toda herramienta poderosa exige profesionales más conscientes, no menos. Los datos requieren gobernanza; los requerimientos, comprensión; la arquitectura, propósito; la seguridad, responsabilidad; el código, criterio; la documentación, continuidad; y los equipos, liderazgo.
Las entrevistas y los artículos que integran estas páginas recorren ese cambio desde distintos ámbitos del oficio. No se limitan a preguntar qué puede hacer la inteligencia artificial: indagan qué corresponde hacer ahora que está aquí. Esa es, en última instancia, la pregunta que define esta edición y que desafía a toda la comunidad académica: no cuánto puede hacer una máquina por nosotros, sino qué clase de ingenieros decidimos ser, y formar, cuando ya no tenemos que hacerlo todo con nuestras propias manos.
Msc. Ing. Carlos Alonzo
Director de la Escuela de Ciencias y Sistemas
Universidad de San Carlos de Guatemala
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